domingo, 26 de noviembre de 2017

Ay Caracas... ¿qué veo?

Luego de llevar seis semanas de peatón por Caracas, esperando mientras reparan el carro, quise escribir mis impresiones (las menos atractivas) sobre lo que estoy viendo en la calle en estos días. Todo lo que describiré más abajo, lo he visto caminando desde Los Ruices hasta Chacao, otrora un municipio emblema de modernidad y abundancia, con varios premios mundiales. 

Para todos los que aun viven en Venezuela y que caminan las calles, no habrá ninguna novedad en los siguientes párrafos, así que lo escribí para los que dejaron la ciudad en los últimos años o para los que ya no la caminan. Como Yang, también escribí otra nota, con algunos detalles cotidianos que aun siguen haciendo de Caracas, un sitio especial.

¿Qué veo?
  1. Veo aceras sucias, que las barren de cuando en cuando, que huelen mal y que están plagadas de las urgencias de los perros pero también de las de sus dueños, los que viven en la calle y que se reconocen porque atraen más moscas grandes y verdes.
  2. Veo y desvío montones de bolsas y bolsitas de basura, de portal en portal, colocadas en el camino y sueltas porque casi toda la ciudad carece de contenedores. Antes esperaban al camión cerradas, pero ahora son minas para uno, para cinco o para diez que se alegran cuando descubren algo que se pueda comer o cocinar, cuando descubren un viejo par de zapatos que puede seguir andando un poco más o una franela más limpia que la puesta. En una ocasión vi a uno de estos mineros del hambre, disputando los huesos de un pollo en brasas con un perro (esa vez ganó el humano).
  3. Si es viernes, veo a 20 o 30 ancianos muy acabados, esperando desde las 6am hasta el mediodía, por un almuerzo que les servirá una iglesia. Están sentados en el piso, hablando, compartiendo un periódico y esperando seis horas sin abandonar el turno para su comida más caliente y completa de toda la semana.
  4. Veo, frente a algunos comercios, motocicletas estacionadas sobre la acera, que al impedir el paso, obligan a caminar por la calle para bordearlas. Sus dueños han aprendido a dejarlas a la vista mientras hacen su diligencia. Si las estacionaran donde no estorben, seguramente no las volverían a ver.
  5. Veo comercios cerrados o que cambiaron de ramo y los que siguen abiertos son tan pobres y de vitrinas tan magras, que sólo muestran las repisas con 2 o 3 productos mal puestos, dentro de locales desgastados y aburridos y que con frecuencia cuelgan carteles improvisados, escritos en la tapa de una caja de cartón, para avisar que “No funciona el punto de venta. Sólo efectivo” 
  6. Veo una fila de 20 personas en cada cajero automático, esperando para retirar cinco mil Bolívares en billetes. Si no hay fila, es porque el cajero no funciona. Los que viven en las afueras (Guatire, Guarenas o La Guaira) y tienen que pagar el autobús de ida y de vuelta en efectivo, harán 2 o 3 colas como esa cada día y han tomado la precaución de mantener cuentas en dos o tres bancos para poder retirar los cinco mil diarios de cada una.
  7. Veo unas 80 personas amontonadas frente a un abasto, más mujeres que hombres, discutiendo, tratando de armar y desarmar el orden de una fila para  comprar. Se gritan, se insultan y se amenazan esperando detrás de la reja que bloquea la entrada al comercio. Con suerte, un día cualquiera de algunas semanas, llegará algún producto regulado. Ese día sólo pocos comprarán a través de la reja, en efectivo y sin bolsa. Los afortunados salen a comprar (¿cazar?) en pareja: mientras uno hace la cola, el otro espera con un bolso en el que irán guardando la mercancía. Esas personas no son vecinos de la zona, vienen de los barrios más pobres. Unos mayores, otros más jóvenes y agresivos. Los primeros buscando para comer y los otros comprando para revender. Estos últimos son la nueva casta del comercio informal venezolano: los bachaqueros.
  8. Justo al lado de ese comercio, veo otra fila perenne de unas diez personas frente a una taquilla pequeñita. Se trata de una de las modas del 2017: “los animalitos”. Es la re-edición de una vieja lotería de pueblo, en la que en cada jugada (y hay como 5 o 6 cada día), se puede apostar entre 32 animales de una ruleta. Cuando se acierta, pagan 300.000 bolívares por cada 1.000 que se apuestan y como dicen los apostadores, “con 1.000 no se compra nada pero 300.000 te salvan la semana”. Lo difícil es limitarse a gastar solo mil por semana, aunque te ganes los trescientos de vez en cuando, porque en cada apuesta hay una oportunidad de 32 para ganar, pero hay 31 para perder.
  9. Veo moto-taxistas con chalecos desteñidos y sucios a los que se les borró buena parte del nombre de la cooperativa que los mandó a confeccionar o grabar en 2010. Llevan siempre dos cascos sucios y viejos que recuerdan aquella expresión de “más esperolao que pocillo e´loco”
  10. Veo mujeres que en 2 minutos de conversación se dicen “marica” unas treinta veces. Son las hijas y las nietas de las que se decían “mana” y “comadre”. En Caracas ya sólo se habla malandro.
  11. Veo carros accidentados, uno o dos por kilómetro. Inclinado sobre el motor, veo al dueño haciendo la magia que ha aprendido en los últimos años para seguir rodando un día más
  12. Veo filas enormes en las paradas esperando por una buseta vieja y destartalada que parece que nunca llega. Veo que algunos, que cada día son más, desisten y se van andando.
  13. Veo la entrada a una estación del Metro, esas que hace 35 años nos hacían creer que estábamos caminando al desarrollo. Veo buhoneros que ofrecen café y cigarros, hasta cinco a la vez y que vocean sin parar y a todo pulmón la letanía del “Cafeeeeé… café y cigarros”. A un lado de la entrada, en una esquinita, uno de los vendedores se arrincona para mear.
  14. Veo una estación bastante sucia aunque la barren varias veces al día, caliente como buen sótano de trópico porque el aire acondicionado dejó de funcionar hace años, con trozos de pared que han perdido las baldosas y muestran un friso que se secó en 1980. En la taquilla no hay nadie. La entrada es franca. En ésta, ya no es necesario comprar boleto para viajar. 
  15. Veo buhoneros y mendigos, uno tras otro, que atraviesan el tren repleto de pasajeros, incluso en sillas de ruedas. Unos vendiendo y otros pidiendo, todos bendiciendo (o amenazando entre líneas) y veo a muchos más pasajeros que lo que cabría suponer, comprando y ayudando con “lo que pueda”, sin importar que la mujer de los parlantes se esté quedando afónica de tanto exhortar a que no se les apoye, incluso advirtiendo que el dinero terminará en el negocio de la droga. Remata el exhorto con un “El cambio está en ti” que muy pocos quieren o pueden entender.
  16. Veo caras largas, de gente que por ir sola y pensativa, luce triste, preocupada o asustada, y son más largas las de las pieles más arrugadas.  Cuando veo a un grupo de jóvenes, la camaradería y el buen humor del venezolano siguen allí, aparentemente intactos.
  17. Veo mujeres que debieron haber vuelto a teñir sus cabellos hace 3 meses.
  18. Veo trabajadores calzando zapatos de dos pares diferentes y veo dos viejos conocidos que se saludan. Cuando el primero le dice “buenos días, mi comandante” el otro le responde “comandante el coñoetumadre”, “el chavista eres tú y, además, loco porque te gusta pagar un café grande en 10 mil y un kilo´e queso en 100 mil”
  19. Al llegar a la estación de Chacao, veo a un grupo de niños y de adolescentes de la calle, descalzos, llenos de cicatrices de la cabeza a los pies y sin bañarse desde hace por lo menos una semana, reuniendo sobre un banco unos tomates casi podridos, una rama de perejil y una docena de ajíes dulces para la sopa de más tarde. Los más pequeños, de menos de diez años, juegan con dos perros mestizos que son los guardianes de un edificio público que quedó a medio construir. Ahora es un improvisado depósito oficial y la extensión del estacionamiento de un ministerio que queda cerca de allí
  20. También veo a una pareja que vive en la estación desde hace 6 meses. Deben tener treinta y muy pocos y junto a otras parejas duermen y viven bajo el techo de una de las entradas. Ella está embarazada y va a parir en diciembre. Ya tienen una niña de 2 años, hermosa y extrovertida, de rulos rubios recogidos por dos colitas rojas combinadas con los zapaticos. La niña baila al ritmo de un tambor que suena en un ensayo de la escuela que está detrás de la estación. Algunos nos detenemos a verla balancearse aunque ella no se dé cuenta y cuando para el tambor, se queda en vilo por unos segundos, se voltea hacia la mamá y le dice con una sonrisa y poniendo sus manitos en la cintura,  “sha cabó”.


miércoles, 22 de noviembre de 2017

La hiperinflación en Venezuela

La hiperinflación es una enfermedad de la economía que se diagnostica cuando la inflación pasa de 50% en un mes o cuando la tasa anual permanece sobre 100% por 3 años o más, por lo que es evidente que la economía venezolana está padeciéndola desde hace rato.

Hace días me preguntaba un amigo si tenía idea de cuánto aguanta una sociedad en hiperinflación y ello me motivó a investigar sobre otras experiencias en la región a finales del siglo pasado.


La inflación anual en Perú, entre 1985 y 1995, fue así:



Los peruanos padecieron 3 años con una inflación por encima de 1.000% y 5 años sobre 100%, antes de que el entonces nuevo gobierno de Fujimori tomara medidas drásticas en 1990.

En Argentina, tristemente, la inflación durante los 10 años entre 1975 y 1984, siempre estuvo por encima de 100%, llegando a 344, 434 y 688% en 1982, 1983 y 1984 respectivamente y, en los siguientes años, esta fue su evolución:



Es decir, que Argentina ha pasado por varios periodos de hiperinflación de varios años de duración.

En Brasil, entre 1981 y 1984, la inflación fue 102, 100, 131 y 188%. 

Posteriormente, los 10 años terribles fueron así:



Finalmente, en 1996 la inflación bajó al 16, a 7% en 1997 y a 3,2% en 1998. Brasil también ha sufrido varios periodos de hiperinflación de distinta intensidad de varios años de duración (al menos 15 por los datos mostrados).

Por último, en Ecuador, aunque la inflación no pasó del 100% anual entre 1990 y el año 2000, otros problemas económicos y políticos condujeron a la dolarización de la economía. En cualquier caso, así se comportó la inflación en los años previos a la dolarización: 



En el año 2001, la inflación bajó a 22% y continuó bajando a niveles de 2 y 3% entre 2004 y 2007. La inflación ha dejado de ser un problema para esta economía.

Por nuestra parte, Venezuela abandonó los porcentajes de inflación de un sólo dígito a principio de los 80s y, en este siglo, entre 2000 y 2011, la inflación giró en torno a 20%, sin embargo, los últimos años se estima que está luciendo así:




Es importante destacar que el Banco Central no ha publicado más información desde 2015, en consecuencia, la inflación de 2016 es un estimado y la de 2017 y 2018, son cifras proyectadas por algunos economistas, aunque con la aceleración de la inflación en octubre y noviembre, ya se comienzan a leer proyecciones de hasta 4.000% para 2018.

Con la foto actual de Venezuela y estas experiencias en la región, podría concluir que:

1.- Una economía pareciera que puede vivir varios años padeciendo hiperinflación, aunque normalmente queda destruida y con la gente empobrecida en extremo. Finalmente en estos casos, la sociedad ha generado un cambio de gobierno, de modelo y de moneda. Hasta que este cambio definitivo sucedió en cada caso, estos países experimentaron cambios suaves e incompletos que lograron disminuir los síntomas por un tiempo pero a la postre, la hiperinflación solo cesó al aplicar cambios drásticos y sostenidos.

2.- Una vez aplicados los correctivos, la economía se ajusta muy velozmente y, seguramente, las expectativas positivas cuando la inflación baja de más de 1.000 a 100%, deben hacer apreciar a una inflación de 100% como una bendición.

3.- El entorno mundial actual es muy diferente al de hace 20 o 30 años y cada una de las economías de los países reseñados son muy distintas entre sí, en consecuencia, la extrapolación de lo ocurrido a lo que mayormente le espera a futuro a Venezuela  no debería ser lineal.

4.- La hiperinflación es solo uno de los graves problemas de Venezuela. Escasez, inseguridad, emigración, colapso de los servicios públicos, crisis política y social, una desconfianza generaliza y aislamiento internacional son algunos otros.

5.- Los economistas modernos han estudiado estos episodios de hiperinflación y los tratamientos erróneos y acertados que se usaron para combatirla y curarla. De igual manera han estudiado como se reactivaron economías de países que salieron del comunismo. Creo que esto será todo un lujo cuando llegue el momento de cambiar la ruta de Venezuela en comparación con la experiencia que tenían los economistas de los 80s y los 90s en nuestros países vecinos.

6.- Al menos de manera pública, el gobierno de Maduro no reconoce errores en su manejo económico (sólo reconoce el no haber vencido aun a sus enemigos económicos) y de acuerdo con su discurso, todo lo que ocurre en Venezuela se debe a una guerra declarada por el capitalismo mundial y sus representantes nacionales, que ha sido desatada para acabar con la revolución. En consecuencia, justo ahora, no se asoma (ni por equivocación), algún tipo de viraje del modelo que, terca y criminalmente, optará por la experiencia de “matar” a la gente de hambre y de enfermedades desatendidas antes de modificar sus principios políticos y económicos que son los que le permiten, a su entender, seguir al mando.

7.- Por ahora, me imagino que el gobierno de Maduro espera por un milagro: una sorpresiva y explosiva subida de los precios del petróleo, el padrinazgo de Rusia o China o una combinación de eventos de este tipo. O quizá la destrucción de la economía capitalista sea parte del plan de transición a los siguientes niveles del socialismo del siglo 21.

8.- Mientras el gobierno espera por esos u otros milagros, la vida del venezolano seguirá empeorando, sobretodo la del venezolano trabajador con status mental de clase media. En la espera, podríamos atestiguar eventos más o menos violentas que intenten arrebatar el poder para emprender un viraje. Esta incógnita se podría despejar en 2018.

sábado, 18 de febrero de 2017

Carta de amor

Aunque quien me conoce sabe que no fuiste mi primer amor ni que lo nuestro comenzó a primera vista, también sabe que te he amado con todo y sin guardarme nada. No en vano todos estos años he seguido a tu lado, cuando para todos comienza a ser más o menos evidente que tú ya no sólo no eres la misma, sino que ya no estás y que sólo queda tu recuerdo.

Aunque no hace falta decir que tampoco fui tu primer amor, hoy soy yo quien escribe sobre lo nuestro y cuando hablo de nosotros, no existe alguien más. Como sabes, desde la primera vez que dormimos juntos, más nunca me he sentido en casa cuando estoy lejos de tu aroma y de tu luz. Ya sé... ya sé que algunas veces no lo ha parecido, porque sabes que estando lejos de ti, porque yo mismo te lo he contado, me lo he pasado fenomenal, aunque siempre sabiendo que son sólo aventuras de unos pocos días y que siempre he regresado.

Por mucho tiempo, tú hiciste mi mundo más grande. Tú me enseñaste tanto y me mostraste un camino, que de hecho, es el que he recorrido hasta ahora. Fuiste lo máximo. Fuiste mis primeras veces en demasiados temas, en demasiados días y noches, aunque a decir verdad, no todo lo tuyo me gustó siempre. Creo que eso es imposible, aunque cuando al principio la química nos hizo más idiotas de lo razonable, creí que todo lo tuyo tenía su encanto.

Aunque no pueda decir ni el día ni el año, creo recordar cuando todo comenzó a echarse a perder. Siempre sentí que todo pasaría antes. Al principio pensé que sólo querías olvidar, divertirte y sacudir la rutina. En ese entonces sentí que pronto las cosas volverían a ser como antes. Mentira, siempre sentí (y aun a veces siento) que cuando mejores, todo será mucho mejor pero si pienso en vez de sentir y, si oigo, tengo que admitir que tu mente, tu esencia y tu voluntad van quedando anuladas, con la misma intensidad en que te sigues hundiendo en tus nuevas adicciones.

Hoy vi una hermosa aunque triste película de una pareja de viejos enamorados. Ella había sucumbido a una de esas enfermedades que borran la memoria y estaba en un internado para enfermos mentales y él, estando cuerdo, se había internado con ella porque, aunque los médicos no le daban ninguna esperanza, creía que cuando la medicina agotara todos sus trucos para ella, la mano de Dios le regresaría la memoria para volver a ser los de siempre hasta el final. Pensé tanto en nosotros.

Igual que tú, ella iba y venía. Casi siempre por sólo unos minutos recobraba la memoria y él lo sabía por su mirada como a mí me sucede contigo, porque a pesar de que para muchos estás irreconocible, cuando he publicado fotos de esos esporádicos momentos tuyos de lucidez y brillo, los que te quieren te reconocen y suspiran al recordar lo extraordinaria que has sido en sus vidas.

Tristemente, cada vez con más frecuencia hablo de ti en pasado y aun estando contigo y teniéndote a mi lado, cada vez más pienso en nuestros tiempos de antes porque es mucho más gratificante que aferrarme a un presente y a un futuro que cada día se me hacen menos tolerables. Qué tristeza. Como quisiera tener yo la cura para tus males. Como quisiera que nada de esto nos hubiese sucedido y haber seguido madurando y envejeciendo a tu lado y celebrando todo lo que pudo haber sido pero que ya no es y que quizá no será nunca más.

Te tengo pero te extraño y por ahora me quedo a tu lado, porque quizá no se desprenderme de ti y de tu recuerdo o, quizás, porque sigo pensando que aun me necesitas y que podré ayudarte. Cuánto te extraño y cuánto te amo Venezuela.

jueves, 9 de febrero de 2017

Nuestra adicción al petróleo


En 1992, hace ya 25 febreros, un sector de la izquierda venezolana, usando a las Fuerzas Armadas, intentó derrocar sin éxito al gobierno de CAP. Luego, en 1998, el mismo grupo, usó entonces a la democracia y sus libertades, para lograr una importante mayoría electoral y comenzó a controlar los destinos del país.

Cuarenta años antes, después de finalizada la dictadura de Pérez Jiménez (1948-1958), que había sometido tanto a los demócratas como a los comunistas, los partidos AD y COPEI ganaron elecciones y protagonizaron una seguidilla de cuatro gobiernos civiles que fueron referentes para el continente y para el mundo.

Los cuatro gobiernos, de Betancourt, Leoni, Caldera y de CAP, hasta 1979, protagonizaron una etapa de estabilidad, libertades, inclusión, crecimiento y desarrollo. Controlaron y dejaron de temer a los militares golpistas y a los guerrilleros comunistas y regaron el país con salud, educación y progreso, e incluso, ayudaron a que algunos vecinos de la región, también comenzaran a disfrutar de la democracia.

Más atrás, hace un siglo, otra dictadura cuando el país tenía una pequeña y pobre economía, a través de empresas norteamericanas, comenzó a explorar, producir y exportar petróleo y, al cabo de pocos años llegamos a ser unos de los productores y exportadores más grandes del planeta, y logramos crecer como nunca antes. Desde entonces, nuestra economía ha estado basada en el negocio petrolero, que estando en manos del estado, ha facilitado, entre otros procesos políticos, aquellos primeros 20 años de consolidación de la democracia representativa (y también, sin duda, estos últimos 18 de la "revolución").

Retomando, entre 1979 y 1999, otros cuatro gobiernos: de Herrera y Lusinchi y de nuevo de CAP y de Caldera, por no hacernos rectificar exitosa y oportunamente cuando la factura petrolera se hacía insuficiente, apagaron nuestro ímpetu y aumentaron nuestras deudas, mientras le abríamos las puertas a la corrupción y a la pobreza, que luego serían las banderas de la izquierda extrema. Venezuela llegó al final del siglo XX, con una gran deuda interna y externa y al vaivén de sucesivas crisis en todos los sectores.

En 1999, llegó al poder la autodenominada revolución bolivariana, un cóctel de militares y marxistas (como se reconocería años más tarde) con la intención de terminar de destruir aquel modelo democrático de cuatro décadas, al que acusaban de ser excluyente, corrupto y alienado al imperialismo norteamericano. Ahora, cuando han detentado el poder por 18 años, nadie duda de que hayan logrado hacer un cambio político, pero agigantando los mismos errores que nos han tenido ordeñando a una industria a la que hace mucho que se le atrofiamos la capacidad para desarrollar por si misma al país.

La facilidad y cuantía de la riqueza petrolera nos ha seducido de tal manera que nos ha hecho eunucos incapaces de concebir otras formas de construir un futuro sólido y moderno y si bien el petróleo nos ha traído beneficios en este último siglo, notables al compararnos con lo rurales y enfermos que éramos en 1917, tristemente nos ha deformado más allá de ideologías y posturas políticas, haciéndonos expertos en aprovechar el poder para robar. Después de estos últimos 40 años, debemos figurar entre los países que mayor cantidad de millonarios mal habidos per cápita hemos generado, mientras que seguimos estancados o, lo que es peor, retrocediendo a toda marcha.

Venezuela ha vivido al vaivén de los precios del petróleo, sin que se hayan aprovechado los picos para ahorrar o para reducir nuestras deudas. Por el contrario, siempre que se ha podido, se ha aprovechado la garantía que nos da el vivir encima de una de las reservas de energía fósil más grandes del planeta, para anticipar los beneficios que habrá de generar nuestro petróleo en las próximas décadas y esos beneficios se han gastado antes de producirse. Sólo se han gastado. No hemos invertido para asegurarnos otras fuentes de riqueza y estabilidad.

Justo ahora, Venezuela está peor que cuando llegaron los actuales titulares del poder político. Retrocedimos en libertades, en creatividad, en oportunidades, en reservas y, en general, en todos los ámbitos y, lo que es peor, no hemos sido capaces de darnos una visión coherente y moderna de lo que somos o debemos ser y, en consecuencia, no hemos sabido cómo salir del pozo de oro negro en el que nos seguimos hundiendo.

Hemos abusado tanto de nuestra supuesta fortuna que a pesar de que de 2011 a 2014 el precio subió hasta los 100 dólares por barril, sólo uno o dos años después nos hemos sumido en una miseria y una inseguridad que, entre otras calamidades, obliga a cada vez más personas a hurgar las basuras ajenas en busca de algo comer y mantiene a tropas de jóvenes de 20 años de edad tratando de vender cafés y cigarrillos detallados para sobrevivir.

Entre otras muchas cosas, aunque como base estratégica, Venezuela necesita parir un nuevo acuerdo de unidad y un plan estratégico de largo plazo que incluya lo aprendido en el último siglo y, sobretodo, que cure nuestra adicción al petróleo. A juzgar por las poco discutidas propuestas alternativas al modelo actual de las que he leído o escuchado, tanto de los profesionales como de la gente de a pie, la adicción sigue tercamente intacta a juzgar por la manera en que las mayorías se horrorizan al oír hablar de privatizar a PDVSA.

Dadas las graves dificultades que atravesamos en este momento, parecería haber llegado el tiempo para acordar estas estrategias, sin embargo, la cotidianidad nos mantiene sometidos a un poder que se aferra y que aun siendo minoría no reconoce alternativas, sino enemigos y traidores. Mientras tanto, el país y su gente se siguen transformando en algo diferente, con valores y conductas propias de una época de guerra que, como es lógico, sólo nos tiene pendientes de qué se comerá mañana o de cómo irnos a otro país. 

¿Será que el destino espera que cambiemos nuestra mentalidad rentista antes de dejarnos pasar de página? ¿Será que por eso es que se nos ha hecho tan largo y complejo este parto?