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domingo, 26 de noviembre de 2017

Ay Caracas... ¿qué veo?

Luego de llevar seis semanas de peatón por Caracas, esperando mientras reparan el carro, quise escribir mis impresiones (las menos atractivas) sobre lo que estoy viendo en la calle en estos días. Todo lo que describiré más abajo, lo he visto caminando desde Los Ruices hasta Chacao, otrora un municipio emblema de modernidad y abundancia, con varios premios mundiales. 

Para todos los que aun viven en Venezuela y que caminan las calles, no habrá ninguna novedad en los siguientes párrafos, así que lo escribí para los que dejaron la ciudad en los últimos años o para los que ya no la caminan. Como Yang, también escribí otra nota, con algunos detalles cotidianos que aun siguen haciendo de Caracas, un sitio especial.

¿Qué veo?
  1. Veo aceras sucias, que las barren de cuando en cuando, que huelen mal y que están plagadas de las urgencias de los perros pero también de las de sus dueños, los que viven en la calle y que se reconocen porque atraen más moscas grandes y verdes.
  2. Veo y desvío montones de bolsas y bolsitas de basura, de portal en portal, colocadas en el camino y sueltas porque casi toda la ciudad carece de contenedores. Antes esperaban al camión cerradas, pero ahora son minas para uno, para cinco o para diez que se alegran cuando descubren algo que se pueda comer o cocinar, cuando descubren un viejo par de zapatos que puede seguir andando un poco más o una franela más limpia que la puesta. En una ocasión vi a uno de estos mineros del hambre, disputando los huesos de un pollo en brasas con un perro (esa vez ganó el humano).
  3. Si es viernes, veo a 20 o 30 ancianos muy acabados, esperando desde las 6am hasta el mediodía, por un almuerzo que les servirá una iglesia. Están sentados en el piso, hablando, compartiendo un periódico y esperando seis horas sin abandonar el turno para su comida más caliente y completa de toda la semana.
  4. Veo, frente a algunos comercios, motocicletas estacionadas sobre la acera, que al impedir el paso, obligan a caminar por la calle para bordearlas. Sus dueños han aprendido a dejarlas a la vista mientras hacen su diligencia. Si las estacionaran donde no estorben, seguramente no las volverían a ver.
  5. Veo comercios cerrados o que cambiaron de ramo y los que siguen abiertos son tan pobres y de vitrinas tan magras, que sólo muestran las repisas con 2 o 3 productos mal puestos, dentro de locales desgastados y aburridos y que con frecuencia cuelgan carteles improvisados, escritos en la tapa de una caja de cartón, para avisar que “No funciona el punto de venta. Sólo efectivo” 
  6. Veo una fila de 20 personas en cada cajero automático, esperando para retirar cinco mil Bolívares en billetes. Si no hay fila, es porque el cajero no funciona. Los que viven en las afueras (Guatire, Guarenas o La Guaira) y tienen que pagar el autobús de ida y de vuelta en efectivo, harán 2 o 3 colas como esa cada día y han tomado la precaución de mantener cuentas en dos o tres bancos para poder retirar los cinco mil diarios de cada una.
  7. Veo unas 80 personas amontonadas frente a un abasto, más mujeres que hombres, discutiendo, tratando de armar y desarmar el orden de una fila para  comprar. Se gritan, se insultan y se amenazan esperando detrás de la reja que bloquea la entrada al comercio. Con suerte, un día cualquiera de algunas semanas, llegará algún producto regulado. Ese día sólo pocos comprarán a través de la reja, en efectivo y sin bolsa. Los afortunados salen a comprar (¿cazar?) en pareja: mientras uno hace la cola, el otro espera con un bolso en el que irán guardando la mercancía. Esas personas no son vecinos de la zona, vienen de los barrios más pobres. Unos mayores, otros más jóvenes y agresivos. Los primeros buscando para comer y los otros comprando para revender. Estos últimos son la nueva casta del comercio informal venezolano: los bachaqueros.
  8. Justo al lado de ese comercio, veo otra fila perenne de unas diez personas frente a una taquilla pequeñita. Se trata de una de las modas del 2017: “los animalitos”. Es la re-edición de una vieja lotería de pueblo, en la que en cada jugada (y hay como 5 o 6 cada día), se puede apostar entre 32 animales de una ruleta. Cuando se acierta, pagan 300.000 bolívares por cada 1.000 que se apuestan y como dicen los apostadores, “con 1.000 no se compra nada pero 300.000 te salvan la semana”. Lo difícil es limitarse a gastar solo mil por semana, aunque te ganes los trescientos de vez en cuando, porque en cada apuesta hay una oportunidad de 32 para ganar, pero hay 31 para perder.
  9. Veo moto-taxistas con chalecos desteñidos y sucios a los que se les borró buena parte del nombre de la cooperativa que los mandó a confeccionar o grabar en 2010. Llevan siempre dos cascos sucios y viejos que recuerdan aquella expresión de “más esperolao que pocillo e´loco”
  10. Veo mujeres que en 2 minutos de conversación se dicen “marica” unas treinta veces. Son las hijas y las nietas de las que se decían “mana” y “comadre”. En Caracas ya sólo se habla malandro.
  11. Veo carros accidentados, uno o dos por kilómetro. Inclinado sobre el motor, veo al dueño haciendo la magia que ha aprendido en los últimos años para seguir rodando un día más
  12. Veo filas enormes en las paradas esperando por una buseta vieja y destartalada que parece que nunca llega. Veo que algunos, que cada día son más, desisten y se van andando.
  13. Veo la entrada a una estación del Metro, esas que hace 35 años nos hacían creer que estábamos caminando al desarrollo. Veo buhoneros que ofrecen café y cigarros, hasta cinco a la vez y que vocean sin parar y a todo pulmón la letanía del “Cafeeeeé… café y cigarros”. A un lado de la entrada, en una esquinita, uno de los vendedores se arrincona para mear.
  14. Veo una estación bastante sucia aunque la barren varias veces al día, caliente como buen sótano de trópico porque el aire acondicionado dejó de funcionar hace años, con trozos de pared que han perdido las baldosas y muestran un friso que se secó en 1980. En la taquilla no hay nadie. La entrada es franca. En ésta, ya no es necesario comprar boleto para viajar. 
  15. Veo buhoneros y mendigos, uno tras otro, que atraviesan el tren repleto de pasajeros, incluso en sillas de ruedas. Unos vendiendo y otros pidiendo, todos bendiciendo (o amenazando entre líneas) y veo a muchos más pasajeros que lo que cabría suponer, comprando y ayudando con “lo que pueda”, sin importar que la mujer de los parlantes se esté quedando afónica de tanto exhortar a que no se les apoye, incluso advirtiendo que el dinero terminará en el negocio de la droga. Remata el exhorto con un “El cambio está en ti” que muy pocos quieren o pueden entender.
  16. Veo caras largas, de gente que por ir sola y pensativa, luce triste, preocupada o asustada, y son más largas las de las pieles más arrugadas.  Cuando veo a un grupo de jóvenes, la camaradería y el buen humor del venezolano siguen allí, aparentemente intactos.
  17. Veo mujeres que debieron haber vuelto a teñir sus cabellos hace 3 meses.
  18. Veo trabajadores calzando zapatos de dos pares diferentes y veo dos viejos conocidos que se saludan. Cuando el primero le dice “buenos días, mi comandante” el otro le responde “comandante el coñoetumadre”, “el chavista eres tú y, además, loco porque te gusta pagar un café grande en 10 mil y un kilo´e queso en 100 mil”
  19. Al llegar a la estación de Chacao, veo a un grupo de niños y de adolescentes de la calle, descalzos, llenos de cicatrices de la cabeza a los pies y sin bañarse desde hace por lo menos una semana, reuniendo sobre un banco unos tomates casi podridos, una rama de perejil y una docena de ajíes dulces para la sopa de más tarde. Los más pequeños, de menos de diez años, juegan con dos perros mestizos que son los guardianes de un edificio público que quedó a medio construir. Ahora es un improvisado depósito oficial y la extensión del estacionamiento de un ministerio que queda cerca de allí
  20. También veo a una pareja que vive en la estación desde hace 6 meses. Deben tener treinta y muy pocos y junto a otras parejas duermen y viven bajo el techo de una de las entradas. Ella está embarazada y va a parir en diciembre. Ya tienen una niña de 2 años, hermosa y extrovertida, de rulos rubios recogidos por dos colitas rojas combinadas con los zapaticos. La niña baila al ritmo de un tambor que suena en un ensayo de la escuela que está detrás de la estación. Algunos nos detenemos a verla balancearse aunque ella no se dé cuenta y cuando para el tambor, se queda en vilo por unos segundos, se voltea hacia la mamá y le dice con una sonrisa y poniendo sus manitos en la cintura,  “sha cabó”.


sábado, 12 de noviembre de 2016

¿Guerra o diálogo?

Durante la primera parte de los últimos 18 años, digamos hasta 2001, como hoy podría estar comenzando a suceder en otras latitudes, los venezolanos comenzamos una etapa que nació de una exitosa estrategia electoral y que convirtió en combustible para echar a andar un nuevo modelo de país, los auténticos sentimientos de exclusión de una mayoría (3,67 millones de venezolanos votaron al militar golpista Hugo Chávez).

Sin pausa, el chavismo avanzaba y se blindaba derrumbando todos los obstáculos y referentes previos, malos y buenos, mientras los que siempre nos hemos opuesto seguíamos tolerando ser sometidos y vapuleados como minoría y aunque firmes, andábamos descabezados o cabizbajos y deprimidos en el mejor de los casos. Desde allí el chavismo siguió fortaleciéndose y creciendo aunque casi siempre recibiendo oposición activa. El chavismo se definió girando a la izquierda, mientras la alternativa seguía debatiéndose entre revivir o terminar de morir y pagar sus pecados.

Así llegó el 2006, hace 10 años, y la alternativa se aceptó como minoría y renació gracias a un acuerdo sensato de Teodoro Petckoff, Manuel Rosales y Julio Borges. La oposición se unificó electoralmente, se comprometió para construir una nueva mayoría y aunque el chavismo siguió en el poder, efectivamente, con más poder y con más recursos, también comenzó a cometer errores estratégicos. El cierre de RCTV y la pérdida de un referéndum que intentaba imponer un estado socialista, fueron dos fracasos chavistas en 2007 que, entre otras cosas, despertaron a una generación de estudiantes que hoy en día ya ha ocupado puestos protagónicos de nuestra clase política.

En 2008 nació la MUD mientras que el chavismo ya se intoxicaba con su prepotencia y comenzó a imponer su proyecto socialista en contra de lo que entonces quería el venezolano. Sólo un ingente ingreso extraordinario por los elevados precios del petróleo le permitió seguir avanzando y la mayoría popular se hizo la vista gorda, tolerando excesos oficiales a cambio de negocios, regalos, subsidios y viajes de placer o de “rebusque” con dólares baratos. El venezolano le terminó de ceder todo el poder a Chávez cuando en 2009, una mayoría importante pero más pequeña, aprobó que todos los cargos de elección popular, pudieran presentarse indefinidamente a la reelección.

En 2011 se enfermaron, tanto la economía venezolana como Chávez. De cara a su tercera y última reelección se quemaron todos los cartuchos y se vaciaron las cuentas públicas. El chavismo lo volvía a lograr, sólo que ya cada triunfo era más abusivo, menos democrático y sin la contundencia y frescura de sus primeros días. A pesar de volver a ganar en 2012, Chávez se agrava y desaparece al final de ese año. También la economía se agrava y comienza a caer al vacío en el que sigue sumergiéndose.

En 2013 deben repetirse las elecciones para reemplazar la vacante que dejó el desenlace de la dolencia del caudillo y sólo la inercia y el abuso de los poderes hicieron que Maduro fuese reiterado con una mayoría que apenas superaba a su oponente. Las cuentas públicas siguieron mostrando un deterioro cada vez más pronunciado. El haber atacado y desmontado la producción nacional y la inversión privada aunado a una administración irresponsable y corrupta, nos terminó de sumergir en la crisis gigantesca que cada día nos castiga con más fuerza.

Sin dinero, sin apoyo popular y sin flexibilidad para entender que la terquedad se está convirtiendo en delito, comenzó la represión y las maneras dictatoriales. No ha habido ninguna aceptación de errores y mucho menos correcciones. El chavismo de Maduro seguía perdiendo la precaria mayoría que tuvo hasta 2013 y no ha parado de causarnos graves daños.

A finales de 2015 se hizo evidente que las preferencias del venezolano ya no estaban en venta y, por vez primera en 17 años, justo cumpliendo 17, el chavismo saboreó una dolorosa y contundente derrota. El poder legislativo quedó mayoritariamente en manos de la MUD (votada por 7,73 millones de venezolanos), por lo que el PSUV asumió formas que se pensaban enterradas, rescatando tácticas de manipulación y represión que en su momento usaban Cipriano, Juan Vicente y Marcos.

El chavismo de Maduro se olvidó de la constitución porque ya sin mayoría y sin convicciones democráticas, sólo le queda amenazar y actuar con una justicia cómplice, con los soldados, con las armas de la “república” y con la fuerza que aun le brinda el dinero público que gasta sin control. Por ello, no duda en “invitar” incesantemente a que la oposición desenvaine y se bata en un duelo cuerpo a cuerpo porque sabe que en ese terreno la dividirá y la vencerá para luego usar el desánimo y la impotencia que genere para seguir más tiempo a cargo de un desastre que se empeñan en seguir llamando revolución.

Toda esta pesadilla que en pocos días está por celebrar la mayoría de edad, ha empujado a entre 5 y 10% de la población a buscarse la vida en otros países. El terrible modelo económico ha empobrecido a la mayor parte de los que acá seguimos. Una pequeña élite, aunque renovada por no pocos piratas profesionales, como es de suponer, mantiene su capacidad y su nivel de vida. Los que le siguen y que alguna vez éramos clase media, ahora nos alimentamos y nos curamos con limitaciones y seguimos perdiendo capacidad e ilusión a pasos agigantados. Por último, la gran mayoría se ha empobrecido al extremo y ha comenzado a dejar de cubrir sus necesidades básicas a pesar de que ha comenzado a ser común que la gente tenga dos empleos para intentar sobrevivir. 

La pobreza extrema, un fenómeno que en Venezuela se limitaba a caseríos del interior del país, según los estudios de Luis Pedro España, ahora abunda en las grandes ciudades, en las que cada día proliferan nuevos mendigos y buscadores de restos de comida en los basureros de todas las calles, a cualquier hora del día y que ya sin ninguna pena comen las pocas sobras de una sociedad que vive con miedo, tristeza y frustraciones pero que sigue aferrada a la esperanza de un cambio.

Hace muy poco que la MUD, a pesar de no hacerlo por unanimidad o por clamor popular, escogió dialogar y negociar con el gobierno, con la intermediación del Vaticano, quien además está acompañado por otros actores de dudosa imparcialidad. Al parecer la MUD decidió que aun en desventaja y con probabilidad de ser engañada, puede haber encontrado un medio menos oneroso y sangriento pero que podría ser más efectivo a mediano plazo que el choque frontal y desigual al que casi llegamos hace 2 semanas.

Hasta hace un mes, los tiempos de la MUD se medían en días y los del chavismo en años. Es muy posible que los tiempos de la negociación tomen varios meses pero es fundamental que cuando el país pase al próximo estado para balancear los poderes públicos, sea mucho más fácil la reconstrucción por haber escogido este tipo de desenlace que habrá de desactivar y apartar a los radicales.

Los tiempos del hambre, el sometimiento y la desesperanza parecen eternos pero por preferir, por ahora, los prefiero a los tiempos de la guerra. Aun sin estar ni un ápice conforme o feliz con la idea de que nos sigamos hundiendo por unos meses más, debo dar mi apoyo irrestricto a la sensatez y a la construcción inteligente y civilizada de una nueva realidad que nos deje retomar la senda de la normalidad y el progreso sin guerrilla, sin terrorismo y sin revoluciones trasnochadas. 

Algunos creen que tal construcción inteligente y civilizada del futuro venezolano es un espejismo, "otro engaño del chavismo", dicen, o incluso que "hay un oscuro arreglo tras bastidores". Nadie duda que el chavismo se quiere aferrar pero por sanidad mental necesito abrazar la imagen de que Venezuela está comenzando a cerrar esta terrible etapa y que así como la caída del muro de Berlín o la Perestroika abrieron nuevas etapas de forma pacífica para Alemania y Rusia, nosotros también habremos de lograrlo y hemos comenzado a hacerlo.



viernes, 28 de octubre de 2016

Economía gravemente enferma

Y acá vamos con el tema de las compensaciones laborales, una vez más.

Desde el 1° de noviembre de 2016, se ha decretado que el sueldo mínimo mensual sea algo más de 27 mil Bolívares y que el bono para alimentación sea de 2 mil 124 Bolívares diarios o Bs. 63.720 al mes. 

En 2016 el ingreso mínimo se ha ajustado 6 veces por decreto. En promedio, cada dos meses. El salario en 4 oportunidades y el bono, en 5. En total, el salario actual es 180,9% mayor que el de enero y el bono subió 844%. El ingreso mínimo se ajustó 453,8% en 2016.

Todas las lecturas son malas. En primer lugar, una economía que cada dos meses tiene que decretar un ajuste de la base salarial y de los ingresos mínimos está muy enferma y si tal ajuste es para casi sextuplicar dicha base en un año, la situación es muy grave. En ausencia de información pública del INPC, de tales ajustes se puede inferir que la inflación anualizada, como mínimo, ronda el 500% y a juzgar por indicadores no oficiales y mis percepciones, estos ajustes salariales ni remotamente han aumentado el poder adquisitivo de los trabajadores formales. En otras palabras, el ingreso mínimo de Bs. 90.812 de noviembre compra bastante menos de lo que en enero se compraba con Bs. 16.398,15. 

Todo este entorno de desplazamiento desigual de las escalas de valor del trabajo y de los bienes y los servicios, ha generado un problema adicional que quiero reseñar. El billete de mayor denominación sigue siendo el de 100 Bolívares y así ha sido desde hace 9 años. En enero de 2008, se usaban 11 o 12 billetes de 100 para un ingreso mínimo y hoy se necesitan más de 900.

Bien sea por algún complejo que les hace ignorar la terrible realidad que ellos mismos han deformado, o por incompetencia, o por intereses ocultos o por todas las anteriores, el gobierno y el Banco Central de Venezuela no han cambiado el cono monetario por lo que vivimos haciendo filas frente a unos cajeros automáticos que sólo descansan cuando se quedan sin efectivo (que es cada vez más frecuente) y dedicamos un par de horas cada mes para llenar nuestros bolsillos de billetes que nunca alcanzan para los gastos menudos. El comercio de efectivo se ha convertido en otra de esas extravagantes consecuencias del socialismo del siglo 21.  

A juzgar por el valor comparativo internacional de los principales productos y servicios básicos, el salario de un trabajador venezolano debe ser de unos 4/5 dólares diarios (USD 120/150 al mes) y es, tristemente, el más bajo de nuestro entorno regional.

El gobierno venezolano y sus economistas siguen aplicando las mismas medidas que hace 6 años servían para maquillar la pobre economía venezolana pero esas mismas medidas ya no pintan nada, más allá de carencias y miserias. Sin duda, es parte del plan de dominación política. 

Si esto no es hiper-inflación, ¿alguien sabe cómo se llama?

viernes, 16 de septiembre de 2016

¿Últimos 100 días?

El deterioro de Venezuela es tan intenso y se ha venido acelerando de formas tan impactantes, que uno no deja de indignarse al ver que los indicadores hablan de un desastre que crece a diario sin que el gobierno muestre un mínimo de auto-crítica o ensaye el más leve viraje. Hasta ahora, el gobierno ha sido un ejemplar discípulo de la escuela de los Castros que sólo ha mostrado creatividad para rebautizar “bloqueo yanqui” como “guerra económica”. 

Ante esta situación, es muy preocupante descubrir que la crisis de una sociedad, tristemente, podría no tener fondo. Las proyecciones económicas que hace un año nos pudieron parecer exageradas, hoy han sido rebasadas por nuestra deprimente realidad aunque más preocupante aun es sospechar que de no iniciar un pronto cambio de rumbo, para el próximo año podríamos pasar por peores circunstancias que las actuales.

A pesar de que para mi gusto el rumbo de la misión-país se torció hace unos 15 años, durante la década pasada, el status quo de no pocos venezolanos, mejoraba gracias a un gasto público hemorrágico que despilfarró los beneficios de nuestro negocio petrolero y exprimió la capacidad de endeudamiento que teníamos y ya no tenemos. Con todos esos recursos, una y otra vez, el chavismo pudo jalar hasta nuestros puertos, un viejo barco carguero en el que transformó a nuestra economía. Hoy por hoy, el barco viaja más lento, llega casi vacío de comida y medicinas y se está llenando de agua e inclinándose.

¿Podremos mejorar sin cambiar de gobierno y de modelo?

Es probable que si el precio del barril del petróleo subiera a doscientos dólares y si, a cambio de un gran préstamo fresco, el gobierno entregara buena parte de PDVSA a alguno de sus aliados (que además se encargase de duplicar la producción de petróleo), las cosas podrían volver a mejorar pero la bajísima probabilidad de estos supuestos permite anticipar que no hay mejora a la vista sin que Venezuela despida al chavismo y a su socialismo del siglo XXI.

¿Y podremos hacerlo? y, lo que más intriga nos causa, ¿cuándo?

Para lograr este cambio, hay dos grandes vías: la electoral y, por llamarla de alguna manera, la sobrevenida. 

Justo antes de escribir de cada una, debo recordar que desde que el chavismo es gobierno, ha afirmado cientos de veces, sin reparo o pudor democrático, que su revolución llegó al poder para quedarse hasta transformar por completo a Venezuela. No cree en la separación política de los poderes y no acepta una alternancia que cuestione y desmonte su modelo. Su lema fue “Patria, socialismo o muerte” que no es más que una amenaza de meternos hasta en una guerra civil si su primacía fuese amenazada. Es decir que, por definición, la revolución no llegó para ser una opción, sino para ser la única. Sin embargo, ya no es lo que fue.

Repasemos las dos posibles salidas. En primer lugar, la electoral. Por principios constitucionales debe ser una válvula de escape en 2016 pero sigue cerrada por un gobierno que apuesta a que, con dos años más de tiempo, tendrá chance de recuperar un nivel de apoyo suficientemente competitivo para volver a ganar, “como sea”, en 2018. Es decir, que para el razonamiento chavista, permitir voluntariamente el revocatorio es imposible y lo será más cada día, porque la debacle crece y se hace más nítida su derrota electoral en la misma medida en que se agrava la crisis que justo ahora está en una etapa fulminante. 

Pero si el chavismo logra evitar el revocatorio este año y logra seguir gobernando hasta 2018, verá crecer  su probabilidad de continuar al mando del país después de 2019 y habría superado la etapa de peores resultados y amenazas que ha conocido después del 2002.

Esto deja a la vía sobrevenida, es decir, a la renuncia voluntaria o negociada del chavismo antes del 9 de enero de 2017, como la opción con más probabilidad para que Venezuela cambie e inicie un esfuerzo para mejorar a corto plazo. 

El chavismo lo tenía todo a su favor: un líder unificador, apoyo popular, poder absoluto, dinero, ideas y sorpresas, respaldo militar, apoyo internacional y una débil y desprestigiada oposición. Hoy en día, ha perdido casi todos esos activos. El marcado deterioro que hoy nos friega la vida a todos los venezolanos, también se la ha fregado al chavismo. 

Chávez murió, el chavismo es impopular, el país se llenó de deudas impagables, varios viejos aliados ahora son casi neutros u opuestos y la oposición es mayoría. Aun cuenta con el respaldo de la actual cúpula militar, el control de unas magras finanzas públicas y aunque gestiona el 75% del poder público formal, la crisis está convirtiendo a todo ese poder en una carga cada vez más pesada.

Así las cosas, podría ser cuestión de semanas para que seamos testigos de algún tipo de renuncia. Si se produce en los próximos 100 días, se habrá abierto una puerta al cambio que aun habría que construir y asegurar. Si no, la revolución podría haber superado otro punto de no retorno y cambiar de estrategias para mejorar su posicionamiento para 2018 como ya mencioné más arriba.

Esto quiere decir que si el chavismo sigue en el gobierno después de enero de 2017, ¿se quedaría “para siempre”?

Seguramente no. Como ya escribí más arriba, todo hace predecir que la crisis va a seguir creciendo y fregando la vida a millones de venezolanos en decenas de formas aunque si el gobierno pasa de enero de 2017, los protagonistas de esta oposición estarían perdiendo otra batalla y, posiblemente, aflorarían sus propias divisiones. 

Aun así, el descontento popular seguiría aumentando por lo que mantenerse gobernando sería cada vez más complicado para el chavismo. Esta crisis ya ha involucrado a la OEA, la UNASUR, expresidentes de la región, el MERCOSUR, España, Estados Unidos, Europa y el Vaticano. No veo cómo el gobierno puede seguir al frente del desastre sin hacer cambios y que todo un país y todos estos mediadores se conformen con sólo ser testigos incapaces de ayudar a detener la destrucción de la que fue la tercera economía y la primera democracia del continente. 

Aunque el castrismo siguen dominando a Cuba a pesar de las penurias de su pueblo y aunque parezca que cada día Venezuela se parece más a la isla, no son pocas ni sutiles las diferencias entre ambos países y momentos. La guerra fría terminó hace 25 años y Venezuela sigue teniendo una oposición legal y activa que, además, es mayoría absoluta en el poder legislativo desde hace 9 meses. Aun sobrevive una economía privada nada despreciable y seguimos celebrando manifestaciones públicas, legales y tan multitudinarias como la Toma de Caracas del pasado 1° de septiembre. Sin negar nuestras tristes similitudes, Venezuela está infinitamente más lejos de una dictadura comunista de lo que Cuba estaba en 1977, cuando la revolución de Fidel cumplía 18 años.

En conclusión, creo que en los próximos 100 días estamos más cerca de una renuncia del chavismo que de su continuidad pero aun no me atrevo a asegurar, sin lugar a dudas, que ya comenzó la transición. También creo que si el gobierno chavista sobrevive al 2016, aun tendremos esperanzas de cambio el próximo año, aunque debo admitir que sufrir un 2017 igual o peor al presente, sería otro duro golpe difícil de asimilar para todos. Justo ahora no podemos subestimar el valor y el poder de la protesta democrática que, aunque a ratos parezca inútil y desgastada, es una de las pocas pero efectivas herramientas que tenemos para curarnos y resurgir.

viernes, 24 de junio de 2016

El difícil camino del 1 al 20 y al 50%

A finales de abril de 2016, en sólo tres días y justo después de recibir el formato oficial de planilla de manos del CNE el 26 de abril, más de 2 millones y medio de venezolanos de los 24 estados del país, firmamos para cumplir el primer paso para que el CNE comprobase que hay necesidad de contar si hay 4 millones o más de electores que quieren convocar un referéndum revocatorio de los encargados del poder legislativo actual.

Al concluir la recolección de las firmas iniciales, la MUD revisó y filtró unas 200 mil planillas con cerca de 1.960.000 firmas y las entregó al CNE el 2 de mayo para que éste revisara y convocara la jornada a través de la cual comprobar la veracidad de las mismas. De acuerdo con el reglamento, sólo hacían falta algo menos de 200 mil firmas, el 1% del padrón electoral, así que la recolección superaba ampliamente este requisito. Adicionalmente, debía haber 1% en cada uno de los 24 estados del país.

El CNE se tomó un mes para revisar y a principios de junio informó que aceptaba sólo el 70% de las firmas, 1.352.000 y que las restantes 600 mil habían sido rechazadas. Las razones para rechazar el 30% de las firmas fueron genéricas y cosméticas, como por ejemplo, errores ortográficos en el encabezado de la planilla. Sin embargo, sabiendo que las aprobadas eran 7 veces lo requerido, se continuó al siguiente paso.

De esta manera, entre el 20 y el pasado 24 de junio fueron convocadas más de 1 millón 350 mil personas para comprobar sus huellas dactilares en los equipos del CNE y ratificar que su voluntad de revocar era real. Para tal actividad, el CNE utilizaba 300 equipos capta-huellas ubicados en 128 puntos del territorio nacional y que operarían por 40 horas.

La semana de comprobación resultó un caos logístico por parte del CNE por las siguientes razones:

- Los sitios fueron escogidos al azar y no guardando relación con la residencia de los firmantes. En algunos casos, para validar era necesario desplazarse decenas de kilómetros
- La cantidad de sitios y de equipos asignados no se correspondían con la cantidad de firmantes potenciales sino con el requisito del 1%, en consecuencia, la MUD tuvo que montar una inmensa e impecable logística de traslados para agilizar
- El acceso  a muchos de los puntos fue dificultado con bloqueos de las vías, alcabalas inexplicables, operativos de reparación de asfaltado, etc.
- Aun así, la gente tuvo que tolerar filas de hasta 8 horas e incluso en algunos sitios por más de 1 día, para poder demostrar la validez de su firma. De no existir una convicción emocional con el proceso, la gente habría desertado
- No conforme con ello, los centros operaron menos de 30 horas por indisciplina de los funcionarios, fallas de energía eléctrica, fallas de los equipos y decenas de incidentes que incluyeron acoso y violencia de activistas pro-gobierno. 
- Sólo en Margarita, un día entre la 1 y las 2 de la tarde, sólo 7 personas lograban validar. Era evidente un boicot descarado al proceso

La semana ocupó a la población en un proceso democrático generador de esperanza y al menos en las noticias, tanto las protestas como las revueltas por comida y servicios públicos, disminuyeron notablemente con respecto a las semanas previas.

Luego de esta semana, de acuerdo con la MUD, más de 400 mil firmas fueron validadas. Aunque la voluntad de más de 2 millones de venezolanos fue ignorada o desechada, la meta fue aparentemente superada en los 24 estados.

Ahora el CNE dispone de hasta 1 mes para preparar un informe que debería concluir invitando a un proceso abierto en el que casi 20 millones de electores podrán solicitar el referendo y para ello tendrán que asistir a puntos de validación del CNE para manifestar su voluntad colocando sus huellas tal como esta semana.

Para que el referendo se convoque es necesario que los 4 millones de electores lo pidan formalmente. Las encuestas indican que entre 10 y 12 millones de electores lo consideran necesario y lo apoyarán. A juzgar por la actitud del CNE y el gobierno, pero también de los ciudadanos, el proceso continuará avanzando aunque con más demora e incidentes que los razonables.

Para que los solicitantes ganen el eventual referendo, la opción del “Si” debe recibir al menos 1 voto más que los que hicieron Presidente a Maduro en 2013, es decir, más de 7.587.532 de votos y si el gobierno de Maduro pierde el referendo, deben convocarse nuevas elecciones para escoger nuevo Presidente y nuevo gobierno para concluir el periodo.

Si finalmente el referendo no se realiza antes del 10 de enero de 2017, todo este esfuerzo habrá resultado en vano para los opositores por cuanto esa fecha define un límite para revocar al ejecutivo en pleno. Después sólo se podría revocar al Presidente y, en tal caso, ascendería su Vicepresidente, manteniendo el resto del gobierno actual hasta 2019.

Mientras la solución a esta crisis política sigue encaminándose constitucional y democráticamente, la crisis económica y social siguen empeorando y causando graves daños a millones de venezolanos todos los días. Me temo que no bastará atender la política para que el país no colapse. Eso no quiere decir que hay que desmeritar o abandonar este proceso revocatorio, pero hay que obligar a que el gobierno acepte ayudas como el canal humanitario de alimentos y medicinas que muchos de nuestros vecinos nos están ofreciendo.

martes, 21 de junio de 2016

Historia viva: primer semestre de 2016

A mediados de 2016, Venezuela se había convertido en un lugar tan inverosímil que algunos fabricantes cambiaban el nombre del género (no las marcas que habían dejado de tener importancia años antes). El champú ahora se llamaba Pre-tratamiento para evadir el control de precios, porque un litro de champú tenía que costar menos de 100 Bolívares mientras que el Pre-tratamiento se conseguía por casi dos mil o el precio necesario para lograr una comercialización rentable.

Otro producto emblemático, que reflejaba como la planificación chavista castigaba a la gente, eran los huevos de gallina. En sólo un año, el precio se había multiplicado por más de diez, pasando de 10 Bolívares a 100, aunque seguía siendo la proteína más accesible y disponible. En medio de aquella escalada y justo un poco antes de las elecciones legislativas de finales de 2015, el gobierno decretó que el precio tenía que ser de 15 Bolívares por unidad e, inmediatamente, se esfumaron de la misma manera en que luego lo hizo la mayoría chavista en el parlamento.

En aquellas elecciones, la mayoría opositora se hizo absoluta. El chavismo, como ya lo había hecho antes al perder otras elecciones, desechaba la voluntad popular, en este caso, con el apoyo genuflexo del máximo tribunal del país (el TSJ) que no escatimaría en sentencias parcializadas para neutralizar cualquier iniciativa no oficial por auditar, controlar o legislar de acuerdo con las promesas electorales con las que la oposición había ganado el apoyo popular.

La MUD, sabiéndose neutralizada por el TSJ, organizó el derecho constitucional a revocar al gobierno que había pasado el Ecuador de un acontecido periodo. A pesar de que las principales encuestas indicaban que entre el 70 y 80% de la población apoyaba la activación de tal plebiscito, el poder del chavismo en el CNE hacía diligentes pero infértiles esfuerzos de dudosa transparencia para demorar el conteo del inicial 1% que es necesario para pedir un segundo conteo de al menos un 20% del padrón que activa finalmente el referendo revocatorio. Todo un triatlón electoral. Una semana antes de concluir ese primer semestre, se lograba la meta inicial pero faltaba saber si en la segunda mitad del año se votaría por revocar al gobierno en pleno o si en 2017, se intentaría revocar sólo al Presidente.

El gobierno creía que subsidiaba la cesta básica de alimentos y medicinas destinando para ello hasta el 90% de las mermadas y mal administradas divisas del país (el precio de petróleo había caído un 60%), sin embargo, tener acceso a tales productos era un calvario cada día más alto. La diferencia entre los precios controlados y los que algunos estaban dispuestos a pagar, era de más de 15 veces y por ello se había generado la tristemente célebre ocupación de bachaquero, con múltiples especialidades, que aunque generaba una clase social que convertía la crisis en oportunidad, echaba por tierra las supuestas bondades de aquellos ineficientes subsidios.

El gobierno, continuando con su afán de controlar los controles de los controles y pensando en combatir a estos informales que su propia terquedad y miopía habían engendrado, cambiaba la distribución de los alimentos subsidiados por una iniciativa que se conoció con el acrónimo de CLAP (que en inglés es una forma coloquial de nombrar a una enfermedad venérea) y que consiste en la venta y despacho directo y mensual de una bolsa con un kit de harina, arroz, aceite y algo más. El programa fue delegado en miles de grupos locales de vecinos, aunque cada uno incluía a partidarios del PSUV, perfumando con un tufo a soviet, tan delicada distribución. Hasta un gobernador chavista, el de Nueva Esparta, declaró a todo pulmón que quien firmase a favor del revocatorio no recibiría las ayudas del “estado”.

Mientras el tipo de cambio para lo básico era de 10 Bolívares, un ministro bastante solitario y hasta entonces aparentemente poderoso, Miguel Pérez Abad, había dejado que el tipo de cambio secundario pasara en sólo tres meses de 200 a más de 600 Bolívares para intentar frenar al cambio paralelo que había estado alimentando la inflación que alcanzaba sus máximos históricos e, incluso, hacía de la economía de Venezuela, una de las peores del planeta. También había ajustado el precio de los productos controlados y el de la gasolina, que mantenía los ridículos precios del siglo pasado. 

Y como si todo este panorama no fuese suficiente, una pésima gestión del sistema eléctrico (que había sido totalmente estatizado hacía 10 años), alcanzó, hasta entonces, el clímax de una crisis energética que aunque comenzó en 2010 y había recibido miles de millones de dólares de inversión pública, necesitó racionar por varios meses el servicio durante al menos cuatro horas diarias, redujo los horarios de millones de funcionarios a dos días por semana y le quitó el viernes a las semanas de clase, para evitar que el país se apagara por completo. Concluyendo este primer semestre, lo más grave había pasado y el embalse de la principal generadora hidro-eléctrica del país, subía mientras los recortes y restricciones comenzaban a flexibilizarse.

Finalmente, como no podía ser de otra manera, la salud venezolana también vivía los peores días de aquellas décadas. La escasez de insumos y medicamentos llegaba al 90% como consecuencia de las deudas que se mantenían con los proveedores. Esto, aunado a la inseguridad ciudadana, que llenaban las morgues con decenas de asesinados cada día, terminaban de configurar una patética gráfica: 30 millones de personas sobreviviendo a duras penas a una guerra que las entrañas chavistas habían desatado por acción y por omisión.  

En las redes sociales y en cientos de medios de comunicación de América y Europa, Venezuela ofrecía titulares emocionantes y cansinos por igual. La crisis era discutida en asambleas, congresos y entre decenas de actores internacionales que presionaban por encauzar la crisis con herramientas de negociación. Se exhortaba al diálogo político entre las partes para evitar un descarrilamiento definitivo del precario orden y para detener el avance de una crisis que comenzaba a tener la dolorosa etiqueta de humanitaria.

Así comenzaba a despedirse el 2016. Vendría el cierre de aquel trascendental año en el que habría de dilucidarse si el chavismo seguiría resistiendo el pulso de millones de venezolanos en oposición o si ocurriría un cambio pacífico y democrático que buscase un tercer Presidente para terminar aquel periodo, el más accidentado de los 60 años precedentes, marcado por la reelección, la agonía y muerte de Chávez, la controversial elección de Maduro y la más cruel crisis que recuerden aquellas generaciones que, o emigraban o, se sometían a las más inverosímiles y agónicas piruetas hasta para comprar un Champú.

miércoles, 10 de febrero de 2016

No queda otra

Ahora que la conversión es mayor a uno por mil (o a uno por un millón, al recordar los tres ceros borrados en 2008), se ha hecho evidente que más allá de que una moneda que se devalúa constantemente resulta impráctica, lo realmente desquiciante es saberse arrastrado de manera planificada y sostenida hacia el fango de una miseria concebida por cuatro mentes caducas y perversas. 

Si el tipo de cambio se desplaza pero mantenemos una capacidad de compra relativamente estable, el problema sólo es de forma. Sin embargo, nuestra pobreza se hace contundente, entre otras evidencias, al comparar los ya tristes 150 dólares de salario mínimo de 1975 o de 1998 con los 24 dólares de hoy. Si no vives en Venezuela, ni te preocupes por no entender a profundidad como pasar un mes con este monto. Me pasó lo mismo hace 20 años cuando me contaban de los 20 dólares mensuales que cobraba un profesional en Cuba.

Es evidente, notorio y profundamente desolador que las arrogantes e irresponsables políticas del país desde hace 30 años, pero especialmente durante esta última década, están generado pobreza, dependencia y nos alejan a diario de las rutas hacia el desarrollo que varios de nuestros vecinos, zurdos y diestros, han recorrido con mucho más éxito en el mismo periodo. 

Antes que generar oportunidades y crecimiento a través de la diversificación de una economía que debería ser la tercera de la región, estos gobiernos de Venezuela se han obsesionado con gastar como propia la renta petrolera (e incluso usarla como garantía para tomar prestado todo lo que han podido), aunque hayan tenido y tienen la obligación moral y legal de cuidarla, hacerla crecer e invertirla como quien ha sido encargado de administrar el fideicomiso de un desvalido menor de edad.

Más allá de la necesaria cobertura social que debe ofrecer una sociedad de profundas desigualdades, desde hace muchos años en Venezuela han florecido negociados de importantes mordidas a los presupuestos públicos. O bien el estado ha sido estafado sin parar o bien se ha hecho la vista obesa ante ya varias generaciones de acaudalados corruptos que, de cada lado, se han hecho más voraces y descarados. 

Desde 2012, hemos comenzado a padecer un acelerado colapso de un modelo que mezcla rentismo con un engendro de socialismo. Es justo decir que el modelo rentista tiene más de 17 años pero éste ha sido empeorado, porque además de repartir por encima y por debajo de la mesa, planificó y ha estado dedicado a la destrucción de la producción y de los productores locales. Las consecuencias nos aturden con una escasez propia de una posguerra, la necesidad de por lo menos cinco salarios mínimos para cubrir los gastos básicos de una familia promedio y el cultivo de la anarquía en todos los ámbitos que nos empuja a construir un ya gigantesco sistema informal, paralelo y que está fuera de control del estado (no genera impuestos). 

Por ya más de 30 años, la inflación venezolana se ha hecho una enfermedad crónica, casi erradicada por nuestros vecinos y el resto del mundo, pero que acá muestra los índices más altos de nuestra historia y ha destruido cualquier equilibrio como se puede apreciar con las cifras del próximo párrafo.

Sólo mirando entre diciembre de 2007 y septiembre de 2015, según la web del Banco Central, los bienes y servicios en Bolívares han subido de precio más de 23 veces (23,6). En enero de 2008, el cambio oficial más bajo era de Bs. 2,15 (que ahora está en Bs. 10). Al multiplicar 2,15 por 23,6 resultaría en uno de Bs. 51 actualmente. El innombrable de 2008 andaba por Bs. 4,50 que al aplicarle la inflación acumulada, debería andar por 106 (muy, muy lejos del de Today). Por su parte, el salario mínimo de comienzos de 2008 era de Bs. 615 que por 23,6 debió ser de Bs. 14.514 aunque sólo llegue a Bs. 11.578.

El venezolano común camina en angustiante equilibrio sobre un piso de cristal. A una familia trabajadora o profesional le resulta imposible hacerse de los bienes y servicios básicos de la vida moderna: vivienda, salud, educación, seguridad, vacaciones y ahorros (dejaron de ser derechos fundamentales para convertirse en lujos extravagantes). Nuestras libertades han quedado, por decir lo menos, hacinadas en el trastero de una maltrecha casona decorada con antiguos afiches de Marx, mientras se nos invita a vivir con orgullo nuestro día a día aunque la marea de miserias nos esté ahogando en igualdad de penurias y humillaciones.

Luego de repasar estas duras evidencias públicas y notorias de deterioro y mal funcionamiento de un sistema, una hipótesis poca novedosa para explicar tanta terquedad es que lo que estamos viviendo con dolorosa impotencia se va pareciendo a lo que siempre se planificó: un país en la miseria. Como que no queda otra explicación.

miércoles, 27 de enero de 2016

¿Qué tienen en común los zapatos, los huevos y la leche?

Hoy en Venezuela vivimos casi 31 millones de personas. Sólo nuestro consumo cotidiano alcanza cifras que hablan de un complejo entramado. Veamos algunas cifras aproximadamente reales para intentar imaginar la dimensión del todo.

Si cada persona compra un par de zapatos en 2016, deben estar disponibles 31 millones de pares, es decir, que diariamente se transarán 85 mil pares en promedio. Si cada quien se toma un litro de leche cada mes, habrá que disponer de 372 millones de litros este año por lo que habrá que ordeñarles 20 litros a 51 mil vacas al día. Para que cada persona se pueda comer 15 huevos al mes, que son 5 mil 650 millones en todo el año, se necesitan más de 15 millones de gallinas poniendo más de 7 millones diarios.

Tanto las gallinas como las vacas deben ser alimentadas, vacunadas y reproducidas todos los días. La leche debe ser procesada y envasada así como los huevos recogidos y empacados. Todos los productos deben ser distribuidos a las 1.136 parroquias que ocupan casi un millón de kilómetros cuadrados. Todos estos productos requieren empaques que después se convertirán en basura que habrá de ser recogida y dispuesta.

A medida que se recorren las redes de cada producto, alimento o servicio nos podemos imaginar un sistema que requiere planificación, inversiones, terrenos, construcción, fábricas, transporte, vías, energía, aguas blancas y tratamiento de residuales, servicios financieros, comunicaciones y tecnologías, mantenimiento, mano de obra y profesionales de múltiples carreras y niveles, controles sanitarios y de calidad y un grandísimo etcétera.

Si a los productos mencionados que son de consumo básico y casi ineludible, seguimos sumando productos y servicios menos vitales, el sistema sigue complicándose y generando más y más jugadores e interacciones.

Si la economía cuenta con múltiples oferentes compitiendo por vender, la diversidad y cantidad de la oferta debería empoderar al consumidor y brindar mayor calidad a mejores precios (y millones de empleos, movilidad y oportunidades). Cuando la oferta recae en pocas manos, el poder pasa a los productores que fijarán precios más altos y, eventualmente, descuidando la costosa calidad (y generando empleos menos competitivos).

Como todo este proceso económico ocurre conectado con el resto del mundo, se hacen indispensables, entre otras, adecuadas políticas monetarias, fiscales y arancelarias para propiciar y regular la competencia entre productores nacionales y entre éstos y los foráneos. Por ejemplo, si nuestra moneda está sobrevaluada, se incentiva la importación porque monedas fuertes encarecen lo nacional. Inversamente, las monedas artificialmente desvaloradas, hacen más atractiva la producción autóctona a la vez que encarecen lo que no somos capaces de producir acá.

Los impuestos que genera la economía deberían sobrar para cubrir el costo de la operación del estado y de sus gobiernos (nacionales, estatales y municipales) que se deberían ocupar primordialmente de apoyar el sistema con incentivos a la competencia, regulaciones y controles de calidad. También, hacer inversiones en educación, salud, seguridad y en la construcción y mantenimiento de infraestructuras básicas y, en sociedades desiguales como la nuestra, ofrecer apoyos concretos que garanticen una vida digna a los menos preparados para  aprovechar el sistema (sin anularlos) mientras los compromete y los ayuda a sumarse al desarrollo.

En la Venezuela de las últimas décadas, un estado dueño de la producción petrolera, más que usarla como respaldo provisional, ha invertido mal para tratar injustamente de ser un aventajado empresario. Ese poder económico, más allá de distribuir ayudas, ha sido el combustible de un despreciable y descarado chantaje electorero (la cosificación de la política he oído recientemente).

El gobierno de los pasados 17 años, ha abusado de estas circunstancias. Por un lado, ha querido jugar directamente en casi todos los sectores siguiendo principios ideológicos de su anticuado e inefectivo modelo y, por la otra, ha mantenido tipos de cambio artificiales que privilegian sus propias y poco transparentes importaciones. Una nunca fuerte producción nacional no ha parado de recibir amenazas, empujones y grandes golpes y se encuentra arrinconada desde hace más de una década.

Así, se ha estrangulado a la inversión privada (miles y miles de empresas han cerrado), se ha despreciado la competencia al fijar precios que en muchas ocasiones quedan oficialmente por debajo de los costos, se han esfumado millones de empleos y se ha depreciado y despreciado la calidad de lo disponible. El gobierno se ha entrampado, fundiendo sus propios motores, en miles de subsidios indiscriminados, castrando, a final de cuentas, a una economía que sólo produce el 30% de lo que consume y que en tiempo de bajos precios del petróleo, ya no le alcanza para importar el restante e indispensable 70%.

No conforme con esta terca decisión de alejarse de los caminos de éxito probado hacia el desarrollo, algunos comentan que la corrupción en la administración de los presupuestos desvía 30% o más de los ingresos del estado (y que la corrupción actual dobla la de los noventas). No siendo suficientes los impuestos (que ha recaudado con mayor eficacia que sus predecesores), ha quemado la utilidad de sus empresas (PDVSA la más ilustre), ha postergado las inversiones para mantener y aumentar la producción, se ha endeudado como nunca antes y ha emitido más billetes soportados por las mismas reservas desatando el monstruo de la inflación (más billetes en una economía que no crece sólo aumenta el costo de los bienes y servicios).

Toda esta receta del fracaso se ha seguido confiando, con ingenuidad, en que los ingresos petroleros siempre crecerían por encima de las apetencias y necesidades. Así, hace un par de años ya eran rotundos los síntomas de un colapso pero desde hace un año, comenzó una agonía con una velocidad aun mayor que la de la caída del precio de nuestros barriles y reservas.

Si el gobierno no modera el gasto, no cambia su propia naturaleza y sólo intenta seguir pidiendo prestado y metiendo mano en las cuentas de las empresas y los ciudadanos, el panorama empeorará día tras día a menos que ocurra una milagrosa subida del precio del petróleo. Como ya efectivamente sucede, el sistema seguirá colapsando rubro por rubro y transitaremos uno de estos caminos: 

  • aceptar un masivo empobrecimiento y hundirnos conformes con el gobierno y su modelo o
  • comenzar a remontar la fuerte cuesta que nos acerque al sendero de una economía moderna luego de que este gobierno y su modelo hayan pasado a la historia por no garantizar ninguno de nuestros derechos elementales


miércoles, 3 de junio de 2015

¿Qué le deparan los próximos meses a Venezuela?

Cada semana que pasa la economía de Venezuela se deteriora a pasos agigantados. El indicador más visible es el precio del dólar “libre” que ha venido creciendo de manera morrocotuda. La consecuencia inmediata, una gigantesca inflación de los precios de una gran cantidad de productos y servicios que hace que los salarios venezolanos sean paupérrimos.

Hace un año, un dólar norteamericano se cambiaba en el mercado "libre" por Bs. 90. Por redondear, en menos de 1 año, el tipo de cambio para una buena parte de los productos importados y los servicios con componentes importados, que son la mayoría, cuesta cuatro veces más. En los 2 años previos, la moneda nacional ya se había devaluado 12 veces, al pasar de 8 a 100 por dólar. Es decir, en menos de 3 años, el dólar paralelo pasó de Bs. 8 a más de 400. 

Usando como referencia el salario mínimo, en los últimos 3 años, creció de Bs. 1.800 (que eran 225 dólares) hasta Bs. 7.400 el próximo mes (que son 18 dólares al cambio de hoy). Es decir, estamos viviendo un empobrecimiento brutal. Aunque el salario mínimo se cuadriplicó, el dólar se ha multiplicado por 50.

Para equilibrar esta economía, sin detallar el cómo, una de estos dos eventos deberían ocurrir: que los salarios crecieran como lo ha hecho el dólar (que el salario mínimo suba a Bs. 92.500) o que el dólar baje y se cambie a Bs. 32 (para que el sueldo mínimo siga comprando los 225 dólares de mayo de 2012). Ambos eventos parecen imposibles al corto plazo.

Ahora bien, el sistema está siendo compensado parcialmente con subsidios generales. De otra manera, el país y este gobierno habrían volado por los aires hace rato. Hay una lista de importaciones que se hacen a Bs. 6,30 y a Bs. 12, aunque cada trimestre la lista se hace más pequeña. Esto ha permitido que unos 50 productos y servicios de consumo básico mantengan precios que se pueden pagar con los salarios actuales, sin embargo, el extraordinario desequilibrio global de la economía venezolana atenta contra esta solución y la consecuencia ha sido una indigna dificultad para comprar estos 50 productos, que se hace peor todos los días (colas de horas) y genera nuevos problemas ("bachaqueo", capta huellas, horarios especiales, etc.).

En 2015, como por petróleo está ingresando la mitad que los años previos, cada vez más productos y servicios que recibían subsidio, han estado pasando a importarse con el tipo de cambio “libre”. Es decir, los subsidios van perdiendo capacidad de compensación día tras día.

¿Qué vislumbro para los próximos meses?

No parece lógico pensar que el gobierno deseche su modelo y haga un viraje liberal (aunque más de uno pensó que Maduro lo haría luego de llegar al poder). El intento de crear un tipo de cambio “intermedio” de Bs. 200 para incentivar las exportaciones y el ingreso de nuevos dólares, no ha funcionado por la poca transparencia, por el difícil acceso al sistema y porque el cambio “libre” ya duplica al "marginal". Los eventuales generadores de divisas frescas no confían en lo más mínimo en este gobierno y exigen mucho más de lo que éste quiere darles.

En consecuencia, me aventuro con un par de escenarios principales:

1.- El gobierno sigue cabalgando herido. Consigue aumentar sus disponibilidades en dólares,  bien por una recuperación de los precios del petróleo, porque vende activos o porque consigue préstamos (eventos de baja probabilidad), para seguir importando y subsidiando el consumo básico. Adicionalmente, aumenta sus fondos en Bolívares al unificar los cambios de 6,30 y 12 y llevarlos a Bs. 30 y también podría aumentar la gasolina. Con ello aumentaría el sueldo mínimo de manera significativa antes de las elecciones. Aunque esta salida logra frenar o desacelerar la devaluación libre (si consigue suficientes dólares), nos deja más o menos con el mismo empobrecimiento que hemos acumulado en el último año que seguiría golpeando muy especialmente a la clase media. Sería un estirar la arruga y apostar a una recuperación del petróleo en 2016, mientras trata de perder el menor terreno posible en las venideras elecciones legislativas. Sería más de lo mismo que hemos vivido recientemente.

2.- El gobierno se desmorona. No consigue más dólares y por su parálisis no devalúa y no aumenta la gasolina. El panorama se complica porque cada día seguiría perdiendo apoyos y perdería las elecciones de manera abrumadora. Se exacerban las conductas autocráticas y precipitaría su final. Tanto la devaluación, como la contracción y la pobreza continuarían creciendo. La crisis económica abriría las puertas a un gobierno de transición que intentaría un viraje pero enfrentaría un año muy difícil aunque generando expectativas más positivas y esperanzadoras. Pareciera que sólo un gobierno cívico-militar de amplitud nacional podría sortear este 2016. El próximo año podría terminar con una convocatoria a elecciones presidenciales o con una coalición dispuesta a gobernar hasta el 2019. Dependerá de los protagonistas que tenga esta posibilidad, la mejoría del país en el mediano plazo.

En resumen, creo que al menos nos espera un corto plazo complicado en el que la calidad de vida seguirá deteriorándose pero también la posibilidad de comenzar a ver una posible nueva luz que nos permita movernos a otra realidad más esperanzadora y promisoria.



sábado, 24 de enero de 2015

Petróleo a 10

Hoy pienso que el futuro de Venezuela y de sus próximas generaciones necesita que nuestro barril de petróleo se venda a 10 dólares por los 10 próximos años.

El sacudón de sabernos menos solventes y menos ricos, seguro nos obligaría a repensarnos desde todo punto de vista pero fundamentalmente, nos haría cambiar profundamente algunas de las creencias y conductas que nos tienen atrapados, frustrados, empobrecidos y decepcionados de ser pobres y creernos ricos.

Este escenario de un bajo precio de nuestro petróleo por una década nos llevaría a ser más creativos, planificados, humildes, ahorradores, productivos y a valorar más nuestras posibilidades de depender más del ingenio que de las rentas que llegan solas y nos ayudaría a escoger representantes para que nos sirvan y no caudillos que nos repartan mejor lo que Dios nos proveyó (como tan bien escribió Laureano).

La renta petrolera y el populismo venezolano han arruinado nuestro pasado reciente, destruyen nuestro presente y han atrofiado nuestras potencialidades. Si hago un balance de los peores atributos de nuestra sociedad, con dolor tengo que mencionar que el egoísmo, la prepotencia, la apatía, la mendicidad (del “bien cuidado jefe” para abajo), la corrupción, la irresponsabilidad y el desprecio por lo común nos están definiendo como una triste sociedad enferma pero que se cree ungida.

Habrá muchos que se molesten porque estoy emitiendo estos juicios y me dirán que el venezolano no es así. Que somos trabajadores, “echaos pa´lante”, creativos, cálidos y otra cantidad de virtudes. Aun sabiendo que éstas también nos definen, al juzgar lo que hemos hecho como sociedad en los últimos 40 años, tengo que ser auto-crítico y mostrar nuestros lados menos admirables.

Desde que el tipo de cambio se despidió del 4,30 en el 83, todo el que ha podido ha especulado con nuestra moneda. Comenzando con los días previos a la primera devaluación de aquel viernes negro y el “ta´barato, dame dos”, hasta la actualidad de CADIVI y los SICADes, el uso y abuso de información privilegiada, de asignaciones y de cupos han mostrado la más egoísta cara del venezolano.

La honradez administrando recursos públicos, de un lado y de otro, es vista como una idiotez. “No me den. Pónganme donde haiga” es una triste frase venezolana. Éramos corruptos en el 78, en el 88, hace 10 años y ahora. La falta de probidad y honradez al entrar en contacto con el dinero de todos, más que algo malo es una importante “virtud” de nuestra dañada ciudadanía.

No esperar nuestro turno si vemos que podemos agilizar de cualquier manera, creernos más despiertos que los demás y ponernos siempre por encima del prójimo y sin remordimiento, es otra de nuestras tristes características. Sólo hay que observar el tráfico en nuestras calles por unos minutos para comprobarlo. Es que pareciera que sólo estamos hechos de la prepotencia real, de la impotencia indígena, de esclavos rabiosos y de la viveza de los mantuanos.

Lo lógico sería hacer el cambio sin perder la ventaja que nos daría el petróleo bien vendido pero es que hemos podido hacer varios grandes cambios en los últimos 45 años y lo que hemos escogido nos lleva de mal en peor. Cada vez que una disyuntiva electoral nos ha contrapuesto dos caminos, siempre hemos escogido el del Mesías, el que más inmediatismo nos garantice y así, sólo parecemos estar zapateando y hundiendo nuestro futuro en un charco de mierdas movedizas.

Si no encontramos pronto otra manera de entender nuestra ciudadanía y cómo construir nuestro futuro, Dios mío, espero que nos dejes el Petróleo a 10, por 10 años y ayúdanos a cambiar.